¡Hola a tod@s! aulaeducacionadultosalagon.blogspot.com
En este blog: Os informaremos sobre últimas noticias y novedades relacionadas con la Educación de Personas Adultas en Alagón (Zaragoza).
"100 metros cuadrados" Una obra de Juan Carlos Rubio.
Sinopsis:
El piso que le ofrece a Sara el agente inmobiliario reúne todas las características que ella desea: bajo precio, amplitud, luz y unas hermosas vistas. Tan solo presenta un pequeño “inconveniente”: la dueña del piso vivirá en él hasta el día de su fallecimiento. Lola (de más de setenta años) ha sido operada del corazón en dos ocasiones y sin duda no aguantará mucho más. Sobre todo si sigue fumando una cajetilla diaria. Y bebiendo todo lo que se le pone por delante. Sí, Sara decide dar el paso, comprar el piso y esperar…Pero ya sabemos que los acontecimientos no se desarrollan siempre tal y como uno los había planeado…
Sara: Voz de Ana Beltrán Lola: Voz de Charo Zugazagoitia Agente: Voz de Ángeles Navarro Narradora: Voz de Charo Hortal
"Esta noche no estoy para nadie" Una obra de Juan Carlos Rubio.
Sinopsis:
Es la historia de una madre y una hija, de caracteres opuestos, que se ven obligadas a compartir piso dadas las estrecheces económicas en las que se han visto inmersas a raíz de sus respectivos divorcios. A lo largo de una enloquecida noche, en la que no faltan las visitas de sus respectivos ex, las verdades y mentiras, las más intimas fantasías y los deseos ocultos saldrán a la luz, provocando una tormenta de risas y equívocos.
Soledad: La madre, voz de Florisa Cólera Celia: La hija, voz de Dolores Vicente Alfredo: El ex de la madre, voz de Ángeles Navarro Luis: El ex de la hija, voz de Charo Hortal Narradoras: Charo Zugazagoitia y Anabel Lorao
Escritora y filósofa existencialista, Simone de Beauvoir es sobre todo conocida por su aporte teórico al movimiento feminista, realizado en su impresionante obra Le deuxième sexe. En realidad, su producción filosófica y literaria es mucho más amplia y ha contribuido de manera significativa en diversos frentes al desarrollo del panorama cultural y del pensamiento del siglo XX.
"El segundo sexo" no sólo ha nutrido a todo el feminismo que se ha hecho en la segunda mitad del siglo XX, sino que es el ensayo feminista más importante de esa centuria. Todo lo que se ha escrito después en el campo de la teoría feminista ha tenido que contar con esta obra, bien para continuarla en sus planteamientos y seguir desarrollándolos, bien para criticarlos oponiéndose a ellos. "El segundo sexo", que es el ensayo de una filósofa existencialista, se encuadra en el ámbito más amplio de un pensamiento ilustrado que toma de la ilustración precisamente sus aspectos positivos, emancipatorios; ante todo, una concepción igualitaria de los seres humanos, según la cual la diferencia de sexos no altera su radical igualdad de condición. Al mismo tiempo, es un ensayo filosófico que analiza el hecho de la condición femenina en las sociedades occidentales desde múltiples puntos de vista: el científico, el histórico, el psicológico, el sociológico, el ontológico y el cultural. Se trata de un estudio totalizador donde se investiga el porqué de la situación en que se encuentra esa mitad de la humanidad que somos las mujeres.
¿Quién es Anna Ajmátova? Es la que, antes de casarse por primera vez, escribió: “Quiero morirme.” Es la que tuvo con Nikólai Punin “una intimidad inhumana”. Es la esfinge, la reliquia del pasado, a la que criticaba Maiakovski. Es la que, en un cuarto frío, durante una charla literaria que duró una noche entera, cambió la vida de Berlin: “Tú y yo somos como una montaña. / Jamás volveremos a vernos en este mundo.” Es la amiga de Lidia Chukóvskaia. Es de quien se quejaba su hijo Lev, “Mamá no me escribe, y eso me aflige” […] no piensa en modo alguno ni se preocupa por mí, ya que se considera un ángel”. Es la enferma, la del hambre. Es la orgullosa. Es la que dijo: “Creíamos que éramos pobres, / que no teníamos nada, / hasta que fuimos perdiendo / todo, una cosa tras otra.” Es la prohibida, la que memorizó. Es la que bebía vodka con Brodski en su dacha de Komarovo. Es la resistencia. Es la poeta. Es a quien Naiman llevó un ramo de narcisos al sanatorio Domodedovo, cerca de Moscú, el día 5 de marzo de 1966, y a quien ya no encontró, su cuerpo blanco y largo bajo una blanca sábana, su voz ya quieta. Anna Ajmátova. Anna de todas las rusias.
Octavio Paz Lozano. (México D.F., 31 de marzo de 1914 - Coyoacán, México, 19 de abril de 1998). Poeta y ensayista mexicano. Premio Nobel de Literatura en 1990.
En diciembre de 1990, durante la cena de gala ofrecida por el Ayuntamiento de Estocolmo a los premios Nobel, mientras el champán caía en cascada, el escritor mexicano Octavio Paz arrancaba su discurso inspirado por el estímulo mágico que tiene lugar entre la Naturaleza y la Literatura cuando ambas se identifican por completo. Frente a las autoridades y demás invitados a la recepción, el escritor contaba que uno de los gestos más antiguos del ser humano consiste en alzar la cabeza para contemplar las estrellas.
Con esto, Octavio Paz siguió contando que, en una ocasión, hacía ya muchos años, mientras contemplaba con asombro el cielo estrellado, se dejó envolver por el mantra nocturno de un grillo, lo que le llevaría a escribir un tanka, poema escueto de tradición japonesa con el que recogió aquel preciso instante.
Es grande el cielo
y arriba siembran mundos.
Imperturbable,
prosigue en tanta noche
el grillo berbiquí.
Asociar el temblor de las estrellas con la música de los grillos es algo más que un motivo poético, es la evidencia pitagórica de que el movimiento de los cuerpos celestes se rige siguiendo proporciones numéricas armoniosas que, a su vez, son proporciones musicales cuya sonoridad llega a nuestros oídos gracias a la mediación de los citados insectos. De esta manera, y parafraseando a Octavio Paz, el entendimiento entre naturaleza y música se nos presenta como una “extraña correspondencia entre la palpitación nocturna del firmamento y la musiquilla del insecto”
Llegados aquí, hay que recordar el descubrimiento de Pitágoras cuando, al hacer vibrar una cuerda estirada, se produce una nota. Si dividimos la cuerda en un número exacto de segmentos, iremos reconociendo notas armónicas a lo largo de la cuerda. La sabiduría pitagórica elevó tal asunto a escala cósmica, resultando que las distancias entre planetas corresponderían a intervalos musicales.
Por ello, siguiendo la tradición pitagórica, las estrellas hacen música y, ya puestos, los grillos son los insectos encargados de interpretarla. Como prueba, sirva el experimento que realizó el cantante y compositor estadounidense Jim Wilson, una noche en la que grabó el canto de los grillos de su patio. Cuando llevó la grabación al estudio con el fin de experimentar con ella, Wilson se dio cuenta de que, al ralentizar la grabación, sonaba como si un coro estuviese interpretando la música de las esferas. “Suena celestial, suena como un coro de ángeles”, diría su amigo Tom Waits al respecto.
Lo asombroso es que aquel coro bajado del cielo no utilizaba voz alguna para interpretar, pues los grillos carecen de nuestro atributo humano. Por contra, lo que hacen los grillos es levantar sus alas y frotarlas entre sí para producir una música que recibe el nombre de estridulación y que, bien mirada o bien oída, tiene brillo sideral. “Extraña correspondencia” a decir de Octavio Paz, entre “la musiquilla” del grillo y el compás del titileo de las estrellas; extraña correspondencia entre la estridulación del insecto y esa luz musical que percibe el espíritu, por decirlo ahora con las mismas palabras de ese otro poeta, tan nombrado como tan poco leído, me refiero a Federico García Lorca que, en su poema Hora de estrellas, decía salir desnudo a la calle y maduro de versos perdidos para dejarse envolver por “lo negro, acribillado por el canto del grillo”.
De la misma manera, buscando los acordes que dan sentido al Universo, el escritor Octavio Paz viajó a través de la oscuridad, concentrado en la musiquilla de un grillo que taladraba la noche, dejándose llevar por ella, sintiéndose un eslabón de la cadena vital del universo, un vínculo orgánico que palpitaba al ritmo de las estrellas, tan eterno como perecedero y próximo a la filosofía narrativa donde los sabios griegos se figuraban que los cuerpos celestes viajaban alrededor de la tierra encerrados en esferas de cristal, ya puestos (y en otra escala), semejantes a esas burbujas que contienen las copas de champán de las recepciones literarias.
El discurso de Octavio Paz al que se hace alusión en este artículo fue publicado en un volumen de ensayos titulado Al paso (Seix Barral) y lleva por título Brindis en Estocolmo. Posteriormente (2014) el citado texto fue incluido en el volumen que recopila poemas de Octavio Paz bajo el título El fuego de cada día, también en la misma editorial.